8 jul. 2007

GENERACIONES I



MI MADRE

Mi madre fue una superviviente de la guerra civil y una resistente en el franquismo.
Educada en la represión, aprendió a no reprimirse. Su carácter afloraba tan cual, con todos sus defectos y todas sus virtudes (que a mí me costó tanto reconocer).
Nació en 1936 y se contaba en casa una leyenda familiar sobre la muerte de mi abuelo que, como todas las leyendas, nadie sabe ni sabrá su grado de verdad o de invención.
Parece ser que mi abuelo trabajaba de conserje en el Ayuntamiento de Teruel cuando les sorprendió la guerra. Acosados por las bombas, los habitantes de la ciudad soportaban el frío y la nieve en los refugios durante el sitio a que les sometieron las tropas franquistas. En una noche de aquellas, mi abuelo Francisco subió a la calle desde el refugio a estirar las piernas. Como disponían de un bidón de agua para no sé cuánta gente durante el tiempo que durase el bombardeo, mi abuelo, para ahorrar agua, se llevó un puñado de nieve a la boca con la que aplacar la sed. Bajó de nuevo donde se encontraba mi abuela con sus tres hijos, mi madre un bebé de pecho. Mi abuela le terminaba de dar de mamar y le dijo a mi abuelo que le sujetara la niña un momento para arreglarse el vestido. Mi abuelo no le contestó. Lo sacudió, pensando que se habría dormido, pero él no reaccionó. Volvió a sacudirle, esta vez gritándole: "Fransisco, aguántam la xiqueta". Pero tampoco reaccionó: estaba muerto. La nieve que se comió estaba envenenada de metralla.
Así se quedó viuda mi abuela, con tres niños pequeños y las bombas cayéndole en el alma aterida.Cuando pudo, se cogió a sus tres retoños y se embarcó en los camiones de la Cruz Roja que huían hacia Alicante, la última ciudad en resistir a las tropas del Generalísimo. Pero no lo hizo porque fuese republicana, sino porque su madre vivía en Villajoyosa.
Una vez allí, sacó adelante a sus hijos haciendo red para los pescadores (la "sasia").
Una de las escenas más irrecuperable de mi infancia es precisamente esa: la de las mujeres vileras sentadas en la puerta de sus casas, con la aguja de hacer sasia en la mano y una silla baja enfrente donde se amontonaba la red, hablando entre ellas a la caída de la tarde. ¡Cuántas mujeres sacaron adelante así la economía casera, curtiéndose las manos a base de anudar red, mientras los maridos se curtían el rostro en la mar y se mojaban el gaznate en el bar Nacional!
Mi madre no hablaba mucho de su infancia, a no ser para recordarnos constantemente la inmensa suerte que teníamos de poder comer todos los días cuando ella pasó taaaaaaantas necesidades. O para recordarme, cuando me daba algún que otro tirón de pelos o toda la gama conocida de guantazos, sopapos, pescozones y demás variedades del método educacional de los setenta, que ella no me pegaba a mí ni la cuarta parte de lo que mi abuela le pegó a ella (debe ir menguando la competitividad entre madres a través de las generaciones porque yo jamás le he puesto la mano encima a mi hija). Pan negro, aceite y sal para cenar. Carne una vez al año. Una muda de ropa para el verano y otra para el invierno. Zapatos de cartón. Caminar nueve kilómetros todos los días para ir a Benidorm.

Mi abuela era de las de misa de siete y virginidad a prueba de bombas, con dos hijas a las que guardar y un hijo que fue siempre su ojito derecho y que murió sólo un mes después que ella, tanta era la dependencia de la madre de mi tío Ángel.
Pero mi madre fue una rebelde y una mujer de rompe y rasga. Se echó un novio que no le gustaba a mi abuela, se quedó embarazada y no se quiso casar con él. Decía que no le quería para casarse con él, por lo que deduzco que solo le gustaba para el sexo (sí, aunque parezca ciencia ficción, nuestras madres practicaron el sexo, o "hacían uso del matrimonio" y estoy segura de que a más de una les gustaba). Mi abuela la encerró en las monjas adoratrices, para tapar el desliz y que tuviera allí a su hijo y cuando salió de allí se fue a Barcelona "a servir" y le dejó el niño a mi abuela, que se crió a golpe de campanilla de monaguillo y engordando los cocidos que no se había podido comer mi madre (porque mi hermano mayor fue tremendamente gordo de pequeño).
En Barcelona mi madre "sirvió" y debió hacer muchas otras cosas más que no sé pero me imagino y callo por discreción. Era una mujer guapa, al gusto de la época, con cuerpo de guitarra, ojos rasgados y pechos de quedarse sin respiración (quien los mirase, claro). Las fotos de mi madre de joven son las únicas donde le veo una sonrisa sincera, no de pose de foto, así que me imagino que mi madre debió ser relativamente feliz en su juventud. Al menos fue libre. O quizá no y todo esto no sea más que una interpretación mía, pero me asiste la licencia de la ficción, que para eso escribe una un blog, para escribir de lo que le de la gana, aunque sea la historia inventada de su madre.
En Barcelona conoció a mi padre, un marino holandés enamorado de España (y de las españolas supongo, al menos de una). Eran los años 60, los tiempos del amor libre, como me cuenta mi padre, y ellos vivieron a tope la época y su amor porque aquí estoy yo para probarlo.
Hay unos años, como un oasis de amnesia irrecuperable, donde estábamos solas mi madre y yo, donde mi madre era sola mía y se estableció nuestro vínculo, ese vínculo de amor total que perdimos en uno de los tantos círculos de la espiral de nuestras vidas y que yo no volví a recuperar hasta su muerte.

Más tarde la alicantina rebelde y el holandés errante decidieron casarse y ser un matrimonio formal y mi madre pudo volver al pueblo como una señora casada y envidiada por sus vecinas y amigas, al haber conquistado un extranjero "bien guapo" que le restituyó el buen nombre. Y la convirtió en una aburrida pero decente ama de casa, una eterna pero satisfecha penélope que lo esperaba todo el año mientras él se recorría el mundo entero en un barco mercante tras otro, desde los que nos mandaba exóticas postales, mientras sus hijos se criaban también a golpe de cocido y arroz y lentejas y carne todas las semanas... Esperando a ese papa alto y lejano, que llegaba en avión con una maleta llena de regalos y al que le sudaban un poco las manos grandes y fuertes.Pero esa ya es mi historia...


Fue una madre autoritaria, inflexible y poco dada a caricias y mimos. Un gran enigma que tuve que desentrañar pieza a pieza por mi cuenta, una mujer terrible y fascinante, pasional, brusca, pero sincera. Sé que lo hizo lo mejor que pudo (lo de ser mi madre) y solo por eso ya tiene mi admiración, aunque me ha costado muchos años y muchas lágrimas reconocérselo.
Murió una tarde de febrero, de esas raramente soleadas, en una sala de la UCI, después de estar tres días en coma, con todos nosotros en el pasillo, desconcertados, incrédulos de que nos habíamos quedado sin madre. La mató el tabaco y la tozudez.
Y yo, pasados ya de sobra los treinta, la lloré como una niña pequeña, como nunca he llorado a nadie.

Réquiem

Murió mi madre.
Me dejó su poncho negro
de lana calentita, sin estrenar.
Me dejó su obcecada valentía
para coger la vida por los cuernos,
aunque yo me los clavara en las ingles
en mi prisa por vivirla.

Se murió sin hacer testamento
Le faltaron letras, educación, le dio pereza.
Ninguna niña rica
tendrá nunca mi herencia:
mi madre me enseñó a errar,
pero le di la vuelta,
transformé su injusticia
en mi independencia.

Murió mi madre.
Se fue a las tres de la tarde,
trágica y frágil,
nos dejó a todos allí,
en el pasillo del hospital,
trágicos y frágiles.
Se marchó sin despedirse
(ese era su estilo).
Nos dejó la silla de ruedas,
que no era suya.

Nos quedamos esperando su adiós.
Esperándolo sigo yo,
llorándolo por la esquinas de la vida
para seguir conservando entero el centro.
Busco tontamente en las orillas de mis tardes
los defectos y virtudes de mi madre,
su presencia,
que ya no será más presente.
Ahora nuestra distancia se ha roto
y mi madre vuelve a ser sólo mía,
siendo ausencia está más viva,
más amada.

Las estaciones, monótonas, pasan
(los meses no los cuento, es más duro)
y el dolor sigue durmiendo conmigo,
comiendo a mi lado,
galopando en añoranzas de cocido,
de lentejas,
de no digas eso y ponte algo de abrigo.
Pero ella sigue cocinando para mí,
todos los días como con ella a las dos en punto
y se llena el paladar de mi corazón
de su sabor a madre y a demasiado aceite.

Murió mi madre
aunque yo me lo niegue
y le llore y le llore y le llore…
y otra vez le llore…
¡canten estas lágrimas
en homenaje suyo!





2 comentarios:

Luisa Notario dijo...

Hola Angie, siento muchísimo la pérdida de tu madre. Yo también perdí a la mía en septiembre, con 63 años y una salud de hierro hasta que un cáncer de estómago se la llevó para siempre en sólo 5 meses.
Un abrazo
Luisa

Perséfone dijo...

bueno, mi madre murió hace ya seis años, pero la tengo siempre tan presente que quería rendirle un homenaje en mi blog. Tuve una relación muy difícil con ella que cambió por completo con su muerte. Ahora quisiera tenerla a mi lado y cuando estaba viva no podía ni verla (ni ella a mí). Me he tenido que trabajar mucho en la vida el vínculo materno y el rechazo a los valores que ella representaba para mí.