3 sept. 2007

PERSÉFONE


En este presente, cuando las edades de la Tierra ya han olvidado el hollar de mis pasos, pero las mentes de los hombres todavía me recuerdan, aunque sean más las mujeres que, además, me honran... En estos días en que, por fin, la injusticia de una deidad omnipotente hace abrir los corazones a otras posibilidades, a otras fuerzas, a otras fuentes, creo llegado el momento de romper mi silencio y empezar a hablar.

Sí, es esta una buena época. De cosecha por una parte. Cosecha de aquellas madres y abuelas que rasgaron el velo de su boca y hablaron, aunque recibieran piedras y desgarraran sus vestidos. Gracias a ellas tiene hoy la mujer el poder de elegir si tirar o no la piedra, si atacar, si defenderse, si protestar. Antes, todo fue silencio. Veinte siglos de silencio.

De reflexión por otra. No es nimia la tarea que se nos impone. Cambiarlo todo, nada menos. Al fin, sigue siendo ocasión para romper mi personal silencio. Hablar de una vez, por mí misma, de lo que aconteció, romper la costumbre de ser siempre contadas por otros, ELLOS, que no me conocieron y que registraron mi historia a su capricho, empeñándose en difundir versiones falsas que perpetuasen su poder y su violencia de hombres. Es tiempo, ahora, de los ávidos oídos de las mujeres me escuchen y se dignen a reconocer la autenticidad de mi versión.


YO, PERSÉFONE

Sucedió una vez, hace ya tantas y tantas lunas, que las palabras que lo contaban se gastaron y se perdieron en la espiral del tiempo y los hombres inventaron otras palabras para contarlo. Sucedió mucho antes del inicio de las Edades del Hombre, hace ya tantas y tantas lunas, que el polvo de los siglos sepultó su verdadero mensaje y los aedas y los escribas reconstruyeron otro en sus pergaminos.

Pero ahora es tiempo de responsabilidad para mí, cuando mi madre, enferma, llora el abandono y la rapiña del hombre y el hambre de millones de bocas inocentes y yo temo que se acerque un largo invierno, quizá eterno, en el que nunca más pueda hacer crecer las flores.

Yo, Perséfone, he decidido por fin romper mi silencio y que se conozcan los hechos desde mis palabras y no desde las versiones de los sirvientes de los Patriarcas.

Vivía Démeter, mi madre, en este tiempo sin edad y habitaba sola la Tierra. Ella misma, invocando el poder del Caos, se había creado a sí misma y después, al sol, a la luna, a las estrellas y a la propia Tierra, con sus montañas, valles, llanuras, ríos y mares. Ella misma dio a luz a las especies que habitaran su creación y aves, peces, reptiles, insectos y mamíferos aprovecharon su cobijo y sus goces. Creó hierbas y semillas, frutos y algas marinas para que se alimentaran estos hijos de su cuerpo. La Tierra, entonces, se solazaba en una eterna primavera en donde todo ser viviente recibía alimento y satisfacción, ensanchando las sonrisas complacidas de mi madre.

Pero Madre se sentía sola y triste entre tanta armonía y belleza y utilizó nuevamente su poder para colmar su vientre. “¡Quiero una hija, bella como la primavera, que me acompañe y me ayude en mis tareas!” Y así, su vientre se hinchó con la simiente mágica de su deseo creciendo en él y nueve lunas más tarde, pues era labor delicada crearme, nací yo, Perséfone, o Core, o Proserpina, como prefiráis llamarme, no importa el nombre, sino su significado, el de Doncella del Renacimiento y la Regeneración, la eterna adolescente que hace resurgir las flores, como resurgieron de nuevo las sonrisas de mi madre al mecerme en sus generosos brazos y brindarme la leche golosa de sus pechos.

Crecí feliz a la sombra plácida de la cabellera de mi madre. Conforme mi estatura y mi mente progresaban, me eran transmitidos los poderes de mi madre, ella me enseñaba a colmar de sabiduría todos los dones de la Natura, a difundir y proteger sus leyes. Me mostraba con amplio gesto de sus bellas manos todos los secretos de los ciclos cósmicos, de la vida vegetal, animal y humana y yo, embelesada y curiosa la escuchaba ávidamente, ansiosa de convertirme en alguien como ella, fuerte e independiente.

Pasaron los años y un día descubrí cambios en mi cuerpo. Mis pechos estaban hinchados, un dolor sordo y agudo me recorría el vientre. Acudí asustada ante mi madre. “No te preocupes, hija mía, —me tranquilizó— ha llegado el momento de tu florecimiento interior, una roja flor de fertilidad se está abriendo en tu vientre y sus pétalos caídos saldrán hacia fuera convertidos en fluido carmesí.” Y tuvo que marcharse a sus quehaceres, aparentando normalidad, aunque yo advertí en sus ojos un velo de preocupación y de tristeza ante algo inevitable.

Esa tarde salí a pasear para distraer mi mente de las molestias de mi cuerpo y que el ejercicio desentumeciera mi agarrotado vientre. No muy lejos de nuestra casa descubrí la grácil y elegante figura de un ciervo, mirándome con dulces e irresistibles ojos y me acerqué a acariciar su lomo. Pero él, tímido, emprendía la carrera cada vez que yo me acercaba demasiado y, sin darme cuenta, mientras lo perseguía riendo, me fui alejando de mi entorno conocido. Entró en un estrecho sendero y lo perdí de vista, pero mis ojos se abrieron de asombro ante la belleza blanca y dorada de las flores que flanqueaban los dos lados del sendero, los narcisos. “¡Qué hermosos son”, pensé y arranqué uno especialmente bello, que parecía refulgir como una antorcha de oro en la cada vez más tenue claridad de la tarde. Al inclinarme para cogerlo, descubrí a ras de suelo una entrada subterránea, casi oculta entre hierbas y matojos. Me pareció escuchar un agónico lamento, mitigado por la distancia. “¿Qué será eso?—pensé intrigada— ¿quién puede ser capaz de lamentarse en esta existencia de felicidad?” Me adentré en la abertura, dispuesta a descubrirlo y encontré un fresco pasadizo que se perdía cuesta abajo, en las entrañas de la Tierra. Era un lugar oscuro, tranquilo y de luz tenue, que me imponía respeto. Me preguntaba qué podría ser este lugar, tan diferente a la luz y el color que siempre me habían rodeado. Pronto me di cuenta de que estaba en una especie de laberinto y que continuaba bajando en espiral hacia abajo, parecía no terminar nunca, pero ya era tarde para volver sin haber descubierto su misterio y de vez en cuando, escuchaba los ecos de más lamentaciones. Al fin, encontré una cámara subterránea, con la paredes cubiertas de resplandecientes cristales, estalactitas y estalagmitas y el suelo blando y suave de olorosa tierra. En el centro ardía un fuego con un enorme caldero de hierro y al lado, una anciana de largos cabellos grises removía con una larga cuchara un caldo aromático, que impregnaba la estancia de delicioso olor. “—Soy Hécate, tu abuela—dijo con cascada pero dulce voz—Todo empieza y termina aquí y te doy la bienvenida, pero todavía no te ha llegado el momento”. “—¿Qué eran esos lamentos angustiosos que oía mientras bajaba hasta aquí?—pregunté con respeto a la hermosa anciana que me hacía un gesto para que me acercase a ella”. “Eran los gemidos de los Muertos, que ahora callan puesto que tú has entrado en su mundo subterráneo y les has traído la luz de la esperanza en el renacimiento”. Mientras Hécate hablaba, yo me había levantado y exploraba la estancia, preguntándole más cosas a medida que me contestaba. Me indicó que me sentara a su lado, ofreciéndome un cuenco de granadas. “Tu madre te echa de menos—me dijo, acariciándome la barbilla y mirándome fijamente, tanto que mis ojos se perdieron en su negrura—. No puedes quedarte aquí. Aunque creas que nada cambia en este lugar, en la Tierra el tiempo pasa con rapidez y ella te está buscando”. “Quiero que me enseñes muchas cosas—le pedí—tienes que enseñarme mucho. Si me voy ahora ¿podré volver otra vez? Si no los Muertos volverán a gemir y a lamentarse”. “Sí, pero ahora debes irte porque mientras te has ido, la tierra se muere y tu madre sufre por ti. Si las dos estáis de acuerdo, te enseñaré todo lo que sé; pero ahora debes irte enseguida”.

Entonces miré hacia la entrada y vi a mi madre, muy emocionada, que me miraba sin decir palabra. Me di cuenta de que era una visión, una forma de comunicarnos mi madre y yo y seguí la imagen, saliendo de la cámara de Hécate y subiendo por el mismo pasadizo de frescas paredes. Cuando llegué a la entrada y la imagen desapareció ante la luz del sol, contemplé muy sorprendida un paisaje totalmente nuevo para mí: todo estaba cubierto de nieve, silencioso, y sentí en mi cuerpo la humedad y el frío. Entonces apareció mi madre y corrió hacia mí, abrazándome con fuerza. “He estado triste en tu ausencia. Me he replegado en las raíces y las hierbas curativas, esperando tu regreso y que se completara el ciclo de la vida”. Yo le hablé entusiasmada de Hécate y del mundo subterráneo y de mis deseo de volver para recibir las enseñanzas de la anciana. “¡Por favor, madre, permíteme que vuelva!”. Viendo mi entusiasmo y mi afán, Madre me abrazó de nuevo y me dijo: “De acuerdo, podrás volver, pero sólo unos meses al año, porque de lo contrario la Tierra moriría para siempre. Observa qué ha pasado mientras tú no estabas. Observa tu poder, hija mía, ahora que ya estás aquí”.

Porque mientras Madre iba hablando y empezábamos a caminar hacia casa, la nieve se iba derritiendo y a nuestros pies iba creciendo una alfombra de azafrán blanca y púrpura. Y los pájaros comenzaron de nuevo a cantar y a llenar con su música el silencio del invierno, que ya se despedía, y los animalillos salían de sus madrigueras y oímos el largo bostezo del oso, que salía de su caverna.

Con mi retorno, las hembras parieron, las plantas florecieron y los árboles dieron sus frutos. Los humanos también participaron de este festival de belleza y expresaron sentimientos de amor, amistad y solidaridad. Realizaron alegres danzas, celebraron ritos de iniciación en la nuevas generaciones de jóvenes, hubo festejos y esperanzas compartidas y la vida se renovó por completo. Las muchachas adornaron sus cabellos con coronas de flores, identificándose conmigo y dispusieron de su sexualidad uniéndose libremente a sus jóvenes compañeros en los campos y bosques, sin temor de ser raptadas, violadas o degradadas.

Todo esto aconteció y se repitió todos los años el mismo ciclo desde entonces y las mismas celebraciones y festejos al final de éste.

Ahora, los ciclos se han alterado, los recursos de mi madre están en manos de los Hades de la economía mundial. Hombres y mujeres viven en monstruosas ciudades de asfalto y hormigón, desconectados de la Natura. Millones de pobres hambrientos viven un largo invierno no decretado por mi Madre, sino por los Zeus que detentan poder sobre otros.

Esta es mi verdadera historia. Que os sirva, hombres, para que busquéis en vuestro corazón el hilo que os conecta con mi madre y conmigo y con mi abuela Hécate, madre de lo Oscuro, y una vez hallado enlacéis con él mente, cuerpo y espíritu y viva la Tierra y todo lo creado en armonía y plenitud. Y a vosotras, mujeres, particularmente, para que desarrolléis vuestra conciencia y vuestro poder femenino, devolviendo a la humanidad el rostro ancestral de la Diosa para influir en la vinculación entre la natura y los humanos, os entrego mis palabras, las que encierran la Verdad.


YO, PERSÉFONE

Yo, Perséfone,

por la presente escribo y declaro

que no aguanto más

el culebrón del secuestro.

Que a mí sólo por la palabra

se me subyuga

y que si por otro medio

esto aconteciera,

más debiérase a mi convicción

que a involuntario negocio.

Que mi historia es trinidad

de abuela, madre e hija

y que Hécate, Demeter y yo

no somos más que la misma

y no hay por aquí ningún Espíritu Santo.

No, no andaba yo distraída,

jugando con no sé qué ninfas

Al señor Hades, la verdad, ni le conozco

ni mucho menos tuve el dudoso placer

de yacer con él.

Sucedió en realidad que yo,

curiosa y escapando de las reglas de mi madre,

fui quien se adentró, sola

por los oscuros abismos

del interior del mundo

hacia abajo…

(callejones malolientes,

borrachos durmiendo en la basura,

pobres mujeres de boca pintada de sangre)

hacia abajo…

(estrépito de rejas chocando,

el miedo, siempre el miedo,

el mal olor que te muerde el sudor)

cada vez más abajo…

Allí, en lo más profundo,

mi abuela movía con parsimonia

la cuchara

en el gran caldero de las cosas por vivir

y me empezó a explicar

las virtudes y efectos (secundarios y primarios)

de su pócima

que engullí a toda prisa.

Quince lunas, ella removiendo

y explicando,

yo tragando y sin escuchar.

Y cuanto más comía, más me consumía.

Arriba, mi madre dejaba secarse el jardín…

Al fin, la abuela Muerte me sacudió

con un golpe de su viento

y ESCUCHÉ su voz

y entendí mi error

y decidí volver arriba

y ser buena

y no olvidarme ningún año

de visitar a mi abuela

en su negra caverna invernal.

Arriba volvieron y volverán a crecer las flores,

mi Madre me espera,

la Tierra me ruega que luche por ella.

Esta es la verdadera historia de Perséfone,

aunque desde aquí no puedo por menos que declarar

que haberlas

perséfones hay muchas.

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