1 nov. 2007

A propósito de la memoria histórica

Tengo dos recomendaciones muy especiales que tienen mucho que ver con el controvertido y polémico tema de estos días de la Ley de la Memoria Histórica.

Cuando escucho y leo las opiniones del sector que proclama su rechazo a esta ley, no puedo dejar de pensar en todas las personas que, a pesar de tantos años y tantas vueltas políticas y sociales que ha vivido nuestro país, todavía no han sido resarciadas, consoladas, ni siquiera reconocidas (¿cuántos cuerpos en las cunetas faltan todavía por identificar?), de toda la ignominia y la injusticia que supuso la victoria del fascismo en 1939. Y no me estoy refiriendo a la bipolaridad Nacionales/Republicanos o a la Derecha/Izquierda, sino a una mucho más sangrante (todavía) de Vencedores/vencidos.

Porque muchos de los vencidos que fueron aplastados por la bota del franquismo, (asesinados, detenidos, torturados, o los que tuvieron que huir con una maleta llena de amargura del país que amaban) ni siquiera eran republicanos o de izquierdas, eran gente común y corriente que no se preocupaba de las cosas de la política, pero que tuvieron la desgracia de ser padres de un hijo o una hija de izquierdas, de tener tíos, sobrinos, primos, incluso vecinos “rojos” a los que no pudieron evitar ayudar o simplemente no denunciaron y por ello pagaron con su vida, con su libertad, o con su exilio (exterior o interior), preguntándose durante toda su vida ¿por qué a mí, si yo no hice nada?

Y si esto fue así para los que no quisieron participar en política, cómo sería entonces para los que sí participaron activamente.

No habrá nunca suficiente memoria histórica rescatada del olvido para compensar a todos los españoles y españolas que sufrieron el miedo y la represión durante décadas, para todas las generaciones que de una forma u otra, nos hemos sentido afectadas por tres años de guerra fraticida. No nos engañemos. Los afectos a la izquierda no eran ningunos santos idealistas, eran seres humanos como los demás y cometieron todas las barbaridades que pueden cometerse en una guerra o en sus previos (como los tan cacareados a ataques a la iglesia en los meses previos a la contienda, que, claro está, tuvieron que padecer muchos y muchas inocentes), pero de ahí a asumir como verdad cómoda que la responsabilidad de lo que ocurrió ha de repartirse al 50% entre los dos bandos media un abismo de oscuridad e injusticia.

Sé que me muestro partidista en este aspecto, como en muchos otros de mi vida donde veo muy claro que hay que tomar partido. Me posiciono rabiosamente en la izquierda, en el bando republicano y no me toca en ello ninguna herencia familiar. Mi familia fue de esa inmensa masa de españoles sin marcas políticas, demasiado preocupados por el pan inexistente de cada día como para preocuparse de ideologías, demasiado pobres, demasiado anodinos para la historia, que tuvieron la mala suerte de vivir en Alicante y sufrir lo que ya sabemos que sufrió la zona “más roja” de España. Mis abuelos vivían en Teruel cuando estalló la guerra, mi abuelo era conserje del ayuntamiento y se murió durante un bombardeo por comer nieve envenenada de metralla, así que mi abuela se agarró a los faldones a sus tres hijos (mi madre era un bebé que todavía mamaba) y se embarcó en los camiones de la Cruz Roja que iban para Alicante, donde estaba su madre y su familia. Y se pasó toda la posguerra tejiendo redes de pescar en mi pueblo, que es lo que hacían todas las mujeres de entonces. Mi abuela le tenía un respeto reverencial a Franco y a la iglesia por igual, mi madre también hasta que se murió el dictador y se empezaron a sacar algunos trapos sucios del franquismo. A mí me daba mucha risa amarga pensar en mi madre llorando durante el velatorio de Franco por televisión y verla unos años después despotricando contra él “¡hijo puta, criminal!”, mi madre que nos daba un sopapo cada vez que soltábamos una palabrota. ¿Cuántas personas habrá en este país como mi madre, que quisieron y respetaron al dictador por ignorancia, por miedo, por sentido del deber? ¿Cuántos desengañados cuando empezaron a descubrir la verdad?

Como decía, mi pasión por la época histórica de la II República y la guerra civil no me viene por herencia, sino por inquietud intelectual. Aunque viví el franquismo apenas unos años de mi infancia (yo tenía nueve años cuando murió), creo que la época me marcó cultural y socialmente como mujer y que hubo una cadena de consecuencias que desembocaron en mi visión del mundo: la educación que le dio mi abuela a mi madre y la que me dio mi madre a mí estaba irremediablemente infectada de los valores franquistas y me costó mucho deshacerme de todos los virus que amenazaban mi libertad. Descubrir la historia de la España del siglo XX por mi cuenta me despejó muchos de los misterios que no entendía de mi propia familia, me ayudó a superar muchos traumas relacionados con la incomunicación y el autoritarismo, y, sobre todo, me ayudó a entender y perdonar a mi madre, tan equivocada y tan humana.

Así que soy de las que piensan que las cuestiones de la guerra civil todavía nos afectan a los españoles de hoy y si alguien cree que esto es una barbaridad o un anacronismo es que es ignorante o, todavía peor, indiferente ante la importancia de los procesos históricos en la vida cotidiana de las personas comunes.

Pero tras esta digresión (más bien introducción aclaratoria) tan larga, vuelvo al objetivo principal, que es recomendar dos obras de arte que he podido disfrutar estos días. Una es una novela, El corazón helado, de Almudena Grandes y la otra una película, Las trece rosas, del director Emilio Martínez Lázaro, basada en el libro de Carlos Fonseca Trece rosas rojas.

El libro de Grandes es un novelón de novecientas y pico páginas, de esos que hay que leerse en verano, para que no te molesten interrupciones asesinas cuando te tiene enganchada una novela. Tiene sus fallos, como toda obra ambiciosa, pero en su totalidad es bastante meritoria porque no alardea en absoluto de “objetividad” o “neutralidad”, sino que asume con valentía un partidismo sincero y desgarrador por el bando republicano, cuyos miembros son al fin y al cabo, las verdaderas víctimas del triunfo fascista, diga lo que diga el PP. Pero el gran logro no es su partidismo, sino la eficiente construcción de los personajes “malos”, maniquea en su justa medida porque dibuja seres humanos y no pérfidos malvados. Y transmite el desconcierto de las generaciones más jóvenes ante la oscura historia de nuestro pasado. Ha acertado Almudena, plenamente, y, después de leer la novela, no es difícil imaginarnos como personas reales a estos señores y señoras que estamos acostumbrados a registrar como entes históricos (Carrillo, la Pasionaria…) y no como seres de carne y hueso que vivieron la guerra, la posguerra y el exilio en carne y sangre propia.

El personaje que más me ha impresionado es el de Angélica, la mujer de Julio Carrión, que remata el final de la novela negándole a su hijo una explicación, un porqué comprensible de los errores del pasado. Una mujer que defiende con su dignidad y sus intereses presentes (ver a sus nietos más a menudo), toda una vida de devoción y amor al “malo, malo, malo”, de la novela, sin justificar nada de lo que hizo o pensó.

El mensaje, para mí, es revelador, ya que toda la novela te está preparando y conduciendo a la explicación final: no hay tal explicación, no hay justificación, no hay un motivo. Vivir, haber vivido, es suficiente.

[…] un colosal ejercicio de memoria histórica que ronda las mil páginas, en donde reconstruye la historia sentimental de dos familias opuestas ideológicamente, que vivieron de distinta forma la Guerra Civil, el exilio, el franquismo o la transición. Una historia relatada, desde el presente por los nietos o la tercera generación, "que es la primera --alega Grandes-- que se atreve a preguntar".

"Esta novela refleja muy bien la dinámica generacional sobre el tema de la memoria", declaró a Europa Press esta escritora, que considera, como defiende el historiador Juan Pablo Fusi, que el tema de la Guerra Civil, la II República o el franquismo son temas "inagotados", que siguen generando libros y películas y que "interesan a la gente". "El marketing nunca se equivoca", argumenta.

http://www.europapress.es/noticia.aspx?cod=20070212145607&ch=132

“El corazón helado es una novela en el sentido más clásico del término. Es, de principio a fin, una obra de ficción, y sin embargo no quiero ni puedo advertir a los lectores que cualquier semejanza de su argumento o sus personajes con la realidad sea una mera coincidencia. Lo que ocurre es más bien lo contrario. Los episodios más novelescos, más dramáticos e inverosímiles de cuantos he narrado aquí, están inspirados en hechos reales”

http://www.elcultural.es/HTML/20070215/LETRAS/LETRAS19759.asp

Lo mejor, desde luego, es visitar su propia página, donde hay un archivo de fotografías entrañable y avances de la novela para los temerosos de los libros de más de cien páginas.

Españolito que vienes

al mundo te guarde Dios

una de las dos españas

ha de helarte el corazón

Antonio Machado

http://www.almudenagrandes.com/

Ayer fuimos al cine a ver Las trece rosas. Cuando terminó, no podía dejar de llorar. Era un llanto de esos que no puedes disimular ante el resto del público, que mira al suelo cuando encienden las luces para no verte llorando o para que no les veas a ellos haciendo esfuerzos por aguantar las lágrimas. A mí, desde luego, no me importa nada que me vean llorar, me parece muy franquista eso de aguantar el tipo y las formas. Yo lloro con ganas, que para eso he pagado mi entrada y además, son poquísimas las películas que consiguen arrancarme una lágrima (creo que en la última que lloré fue en el estreno de Las horas).

Mi interés por el tema de las muchachas fusiladas por Franco empezó una noche de insomnio, cuando zapeaba aburrida entre los canales de ONO y me decidí a poner un documental en OJO que se titulaba Que mi nombre no se borre de la historia. Fue lo más contraproducente del mundo para coger el sueño. El título es una de las frases que escribe en una carta a su familia una de las muchachas horas antes de la ejecución. El documental me ha permitido comprobar la fidelidad histórica de la película en alguna de las historias que se narran y conocer de primera mano a los familiares de las heroínas. Me llamó mucho la atención que se recogían las intervenciones de las sobrinas de las víctimas, que habían atesorado y defendido el testimonio de sus antepasadas, han permanecido fieles al ruego de Julia de no permitir que se olviden sus atroces muertes, lo que me confirma una vez más la teoría de las consecuencias de la guerra en el presente.

Un mes después de acabar la Guerra Civil, los militares detuvieron a 13 jóvenes en Madrid por sus ideas políticas. Las trasladaron a la cárcel de Ventas y el 5 de agosto de 1939 las fusilaron. Se las acusó, sin que tuvieran ninguna responsabilidad, de colaborar en el atentado de un coronel.

http://www.elpais.com/articulo/revista/agosto/tragedia/rosas/cine/elpporcul/20060804elpepirdv_7/Tes

Tiene, también su propia página, preciosa:

http://www.las13rosas.com/

Cotilleo: La directora de la prisión de las Ventas es lesbiana y está enamorada de Blanca. Cumple a la perfección el estereotipo de la carcelera lesbiana educada según los parámetros de la Sección Femenina.

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