18 oct. 2009

Roma contra la Diosa

Termino la última página de La Diosa contra Roma, de Pilar Sánchez Vicente (Roca, 2008), y una gran tristeza me embarga. No porque tenga un mal final, ya que Pilar deja la puerta abierta a la esperanza, sino por todo lo que se pierde en esa guerra de gigantes contra pigmeos que fue la del Imperio Romano contra los pueblos que conquistó.
Y porque en esta historia la lucha va más allá. Es la batalla perdida de antemano por la Naturaleza ante la Civilización. Esa civilización de máquinas, carreteras y puentes, sacrificios y torturas, ciudades amuralladas y uniformes, dinero y dioses complacientes con los hombres. Aquella naturaleza de bosque y fruta, de hierba y galope de caballos, de hogueras y pociones, de Diosa implacable y acorralada. Una transición cruel desde un amazonismo bachofiano al patriarcado demoledor, dejando un rastro de sangre y heridas profundas a la Madre Tierra.
Pero siempre me quedará la imagen de ella, de Imborg, danzando desnuda entre las sombras de la hoguera, cubierta su piel blanca como la luna con la roja melena, enredada de plumas negras, el cuerpo rotundo, cubierto de cicatrices de guerra, los labios firmes como granadas de otoño, invocando a la Diosa. Y Ammia mirándola arrobada, enamorada fiel, que de todo es capaz por ella, hasta de arrebatársela a las garras de la muerte.
Y el gesto de Cleóstrato, el esclavo griego encargado de escribir la historia oficial, cayéndole una lágrima de rabia ante el destino, su voz callada para siempre, condenado a la imposibilidad de contar la verdad sobre ella y su lucha contra Roma, una historia que queda oculta entre los matorrales de las montañas ástures.
Una historia que al fin, siglos más tarde, Pilar Sánchez Vicente nos trasmite como descendiente de una estirpe de guerreras...


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