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12 oct 2010

El niño pez

En la 1ª Muestra itinerante de Cine Español  de Mujeres (organizado por el Instituto de la Mujer) en Benidorm, tuvimos el placer de contemplar El niño pez, de Lucía Puenzo, una película sobre el amor entre mujeres fuera de los tópicos y estereotipos lésbicos. Excelente trabajo de actrices, insuperable Inés Efrón, algo difícil después de haber bordado XXY... la recomiendo encarecidamente(y no sólo a lesbianas, sino a tod@s l@s amantes de la poesía visual y del drama humano del amor).

Advierto que a Lucía Puenzo o se la ama o se la odia y que su cine no es precisamente cómodo ni fácil. Quien espere que con "poesía visual" me refiero a flores y ternura, yerra... Hablo de un lenguaje muy personal y una estética muy cuidadosa que no siempre tiene que ver con la belleza, sino con la síntesis entre cruda realidad y espacios oníricos inquietantes.

Cine sin concesiones a la comercialidad, ni con aspiraciones a ser condescendiente con el espectador.

26 dic 2009

Otras princesas

El otro día os posteaba un poema mío sobre las princesas de hoy. Y hoy, precisamente, me encuentro este interesante artículo del país que habla del mismo tema. Está claro que la sociedad de hoy necesita otras princesas, otros modelos para las niñas que siguen soñando con triunfar en el amor... ¡y en los negocios!



Las princesas se ponen a trabajar

El feminismo ha hecho cambiar los cuentos - Disney ofrece ahora historias de igualdad

DAVID ALANDETE
EL PAÍS - Sociedad - 26-12-2009

Las princesas vuelven a estar de moda. Regresan los palacios y los trajes de ensueño, las coronas y las brujas. Pero los nuevos cuentos de hadas muestran una diferencia: las princesas ya no son damiselas en apuros. Sometidas al revisionismo del feminismo y de los padres preocupados por los valores que les inculcan a sus hijas, las nuevas princesas son distintas. No esperan a que el príncipe las salve. Ellas mismas se embarcan en sus propias aventuras y se preocupan por su sustento.

Es el caso de la nueva película de la factoría Disney, Tiana y el sapo, estrenada en Estados Unidos el pasado 11 de diciembre y que llegará a las pantallas españolas el 5 de febrero. Habían pasado 11 años desde que Disney estrenara su ya penúltima película con una princesa como protagonista, Mulan. Después de más de una década, la gran factoría decidió producir el cuento de Tiana, una joven sobre cuyos hombros descansa ahora el pasado, el presente y el futuro del imperio Disney. El pasado, porque es un largometraje animado a la antigua usanza, dibujado a mano, con interludios musicales, y que ignora intencionadamente las nuevas tecnologías que ha perfeccionado la animación por ordenador. El presente, porque Tiana es una joven de hoy en día, perteneciente a una minoría racial, valiente y con los pies en el suelo. Y el futuro porque Tiana es la primera en el advenimiento de una legión de princesas modernas. La siguiente película animada de Disney, producida en 3D, será una adaptación del cuento de Rapunzel, en el que los hermanos Grimm contaron la historia de una joven de pelo larguísimo secuestrada en una torre por una bruja. Se estrenará en las Navidades de 2010. Incluso Pixar, la exitosa factoría de películas en 3D, se ha apuntado a esta moda. Su próximo estreno, previsto para 2011, ya tiene título provisional. El oso y el arco será una versión moderna de un cuento de princesas, la historia de una joven que pone en riesgo su corona por perseguir su sueño: ser arquera. Sin embargo, Tiana, se ha mostrado como alguien doblemente especial. Primero: la princesa es negra. Y no negra sólo en el color de su piel. A Disney le hubiera sido muy fácil crear una historia romántica decimonónica, calcada del cuento de los hermanos Grimm El príncipe y la rana, y darle un color de piel nuevo a su nueva princesa. Tiana podía haber sido una princesa de apariencia negra con ademanes blancos. Por el contrario, la negritud de esa princesa no es sólo racial. Es también social y cultural. Nace y vive en una ciudad de profundas raíces afroamericanas. Su Nueva Orleans es la Nueva Orleans del vudú, del bayou, del carnaval y el Mardi Gras. Pero eso no es todo. [Los lectores que no quieran pistas sobre cómo acaba la película, deberían parar de leer aquí] Tiana no acaba como sus ilustres predecesoras. Rompe con la tradición del cuento de princesas, del castillo, el trono y el abrazo protector del macho heredero. Blancanieves, cuya película se estrenó en 1937, estaba literalmente muerta hasta que un príncipe la besó y se la llevó a su castillo. Cenicienta limpiaba la casa de su madrastra hasta que el hijo del rey la retiró para siempre. Ariel, la sirenita, llegó más lejos: renunció a ser quien era, una sirena, para casarse con un heredero. Incluso Mulan, la valiente heroína china que arriesga su vida por salvar a su padre, se tiene que travestir y hacerse pasar por un varón para poder luchar en el campo de batalla. La de Tiana es otra historia. La princesa se casa con el príncipe, sí. Pero no deja que nadie la retire. Con los ahorros de toda su vida, almacenados en latas de café, monta un pequeño negocio, un bar, que regenta junto a su marido. Es la sociedad de la igualdad de oportunidades. La conciliación llevada a la pantalla. Por fin, las niñas pueden seguir soñando con ser princesas, sin que sus madres queden horrorizadas por la imagen que esos sueños proyectan. Un alivio para muchas madres. Entre ellas, la escritora Peggy Orenstein, cuya hija, Daisy, tiene seis años y medio. Hace un par de años, a Orenstein le preocupaba lo que un personaje como Ariel, la sirenita, le pudiera enseñar a su niña. "Como madre, siempre me ha gustado más una historia como la de Mulán. La hemos visto como 30 millones de veces. Pero claro, Mulán no es la princesa más exitosa de la saga Disney. Ni siquiera es una princesa, si lo piensas bien. Lo mismo sucede con Pocahontas. Son las princesas marginadas", explica. Con la historia de Tiana, sin embargo, ha percibido un cambio. "Cada historia de princesas de Disney refleja el tiempo en que se hizo. También las opiniones y, en cierto modo, los prejuicios de la época. Es una suerte ver ahora cómo una princesa protagonista, afroamericana, puede vender y ser número uno en la cartelera", añade. "Y además, acaba trabajando. Eso es un gran avance para una princesa. Además, las niñas tienen más opciones de juego, ya que a esta princesa, a pesar de ser independiente, se la puede vestir. Estéticamente entra más en la tradición clásica. Ideológicamente está más cerca de Mulán o Pocahontas". Orenstein, que normalmente colabora con el diario The New York Times, está trabajando en un libro sobre la educación de los niños en la gran cultura de consumo que nos rodea, llamado provisionalmente Cenicienta se comió a mi hija, sobre lo difícil que es criar a una niña en una cultura de mercado en la que la distinción de lo femenino y lo masculino se ha llevado al paroxismo. "Es imposible acudir a unos grandes almacenes y no darse cuenta", explica. "Hay pasillos de color rosa plagados de vestidos, muñecas, juegos de mesa diseñados para chicas. Los pasillos de los chicos son todos de color azul, más sobrios, con sus propios juguetes. Con semejante división, con esa aniquilación de la neutralidad en el juego, es difícil educar a un hijo en los valores de género. Arroja mucha luz sobre lo mal que definimos la feminidad en la sociedad de consumo. Se nos enseña que la feminidad la define, casi exclusivamente, la apariencia, la moda, los complementos. Es preocupante". Disney tiene mucho que ver en ello. En 2001 creó la franquicia Princesas Disney, en una coyuntura muy complicada. Aquel año se cerró con unos resultados de cerca de 41 millones de dólares en pérdidas (28,72 millones de euros), los peores de la década. "Estos son tiempos muy duros", dijo el entonces consejero delegado de la compañía, Michael Eisner, en un comunicado. "Pero este entorno y su efecto en nuestros resultados no mermarán el valor de los activos de Disney". Lo cierto es que Disney encadenaba modestos éxitos, como Dinosaurio, con fracasos estrepitosos, como Fantasia 2000, El Emperador y sus locuras o Atlantis: el imperio perdido. En aquel mismo año, Dreamworks lanzó Shrek, un cuento en el que una princesa renunciaba a su esbelta figura y su pálida piel para convertirse en un ogro verde y carnoso. Disney languidecía, pálido como la tez de Blancanieves. La empresa, sin embargo, decidió darle un empujón a la división Disney Consumer Products, y aunó a ocho princesas en un mismo paquete comercial. Algunas eran protagonistas de su propio cuento de hadas. Otras eran simples comparsas, como Jasmine, de Aladín. Fue un éxito. Desde entonces se han comercializado más de 250.000 productos bajo esa submarca. En 2001, las ventas de juguetes Disney suponían 300 millones de dólares (209 millones de euros). En cinco años se multiplicaron por diez. Este año, el de la llegada de la princesa Tiana, se colocarán en 4.000 millones de dólares (2.800 millones de euros), a pesar de la crisis. Según fuentes de Disney, el efecto de la nueva princesa es más que patente: 45.000 nuevas muñecas vendidas desde noviembre sólo en EE UU. "Fue un éxito, sin duda", explica Dan Cook, profesor de estudios infantiles en la Universidad de Rutgers y experto en la mercadotecnia centrada en los más pequeños. "Disney encontró el modo para unir a las protagonistas de sus películas, aunarlas de forma que cada una fuera individual. Pero además tenían un rasgo común: el hecho de ser princesas. Eso a las niñas les sirve como elemento de inclusión, es como un club, un nexo para el juego". Disney, con los años, ha ido exacerbando esa feminidad comercial. Los productos de Princesas Disney se venden en grandes envoltorios de color rosa, azul pastel o dorado. Son juegos en que las niñas pueden disfrazarse o disfrazar a sus muñecas. "Con esos productos juegan a la transformación, pasan de no ser especiales a serlo. Rememoran el hechizo". En las películas, para que ese hechizo tenga efecto, la princesa depende, ineludiblemente, de un príncipe azul montado a lomos de un caballo blanco. "Eso es lo que se le critica a la narrativa inherente en los cuentos de princesas", explica Cook. "Pero si nos centramos en los productos, más que en esa narrativa, vemos que normalmente, el juego de princesas es un juego de niñas. Los niños no juegan al cuento de hadas. No se disfrazan de príncipes para tomar el té con ellas. Las niñas juegan entre ellas y pocas veces se preocupan por el príncipe. El juego de princesas puede considerarse, en cierto modo, como un lugar seguro, no sexualizado, inocente". Recelos ha habido, y muchos, contra el cuento de hadas. Y no sólo desde el feminismo. En el pasado, se ha definido el miedo a la independencia en las mujeres como el complejo de Cenicienta. En palabras de la primera mujer que definió esa supuesta condición en un libro pionero de 1981, la psicoterapeuta Colette Dowling, "la dependencia personal y psicológica -el profundo deseo de ser cuidadas por otros- es la gran fuerza que lastra a las mujeres hoy en día". Aquello eran los ochenta. Y muchas feministas manifestaron su desprecio por Dowling, que se atrevía a proclamar que las mujeres, todas, padecían miedo a la libertad. El daño al género femenino, decía la psicoterapeuta, no lo infligía el patriarcado, sino las mujeres y sus propios temores. "Se nos crió para depender de los hombres y sentirnos desnudas y atemorizadas sin un hombre. Se nos enseñó que como mujeres no podemos estar solas, que somos demasiado frágiles, demasiado delicadas, necesitadas de protección. De ese modo ahora, en estos días ilustrados, cuando nuestro intelecto nos aconseja erigirnos sobre nuestros dos pies, diversos problemas emocionales nos lastran. Al mismo tiempo, anhelamos librarnos de nuestras cadenas y sentirnos libres, pero también anhelamos que alguien se ocupe de nosotras", escribió. Exista o no ese mal, Tiana no corre el riesgo de padecerlo. Es dura, independiente, valiente. La película ha llegado a ser la más vista en su primer fin de semana en cartelera. La comunidad afroamericana aplaude, por primera vez, a Disney. Según DeNeen L. Brown, una columnista de The Washington Post, el largometraje recoge las enseñanzas no escritas de las sufridas madres negras de EE UU a sus hijas. "Parecía que cada madre negra en la manzana le hubiera dicho lo mismo a su hija: 'Hazte con una educación; no te centres en esos chavales que se reúnen calle arriba; y, si te casas, asegúrate de que te abres tu propia cuenta bancaria. No llegará ningún príncipe a lomos de un caballo, blanco o negro, que te vaya a salvar'. Ésa era la narrativa de nuestros cuentos de princesas. Nunca aprendimos a ser damiselas en apuros", escribe. Desde ese punto de vista, tanto la historia de Tiana como las de las otras princesas esconden mucho más que un miedo a la independencia o una sumisión total al macho dominante. Desde el punto de vista de la narrativa y el folclore, diversos expertos apoyan esa noción de que, tras las aventuras de una princesa puede haber un viaje de superación y triunfo personal. "Estas historias fueron escritas hace siglos. Se encuentran presentes en todas las culturas, tanto en Occidente como en África o Asia. No siempre con el grado de elaboración que vemos en las películas modernas. Pero tienen la misma base", explica Maria Tatar, toda una eminencia en cuentos de hadas, profesora de lengua y literatura germánicas en la Universidad de Harvard y directora del programa en folclore y mitología de la mencionada institución. "Por supuesto, en ellas se ve muy claro qué valores y que contexto social imperaba en la época en que se crearon. En esos cuentos, escritos por Charles Perrault o los hermanos Grimm, siempre tiene un papel preponderante la monarquía. Siempre aparece un príncipe o un rey. Desde un punto de vista actual, poniendo esas narrativas en perspectiva y en su contexto histórico, deberíamos considerar a la monarquía como una representación del éxito social". Tatar considera que la llegada de un príncipe, o el ascenso a un trono, puede leerse simbólicamente como la gratificación de un esfuerzo, el éxito de una aventura, la recompensa tras un intenso viaje personal. "Parece paradójico que en una sociedad democrática, fundamentada sobre los valores de una república, como es la norteamericana, los más pequeños vean como estas princesas aspiran a formar parte de la realeza. Pero es algo simbólico. Los niños no ven a la monarquía como algo histórico. Deberíamos ver ese ascenso al trono como algo similar a la consecución del éxito profesional o al ascenso social, al alcance de cualquiera. El esfuerzo se recompensa. En ese sentido, las historias de princesas reflejan los valores de la sociedad actual. Se inspiran en cuentos muy antiguos pero contienen historias vigentes". A las princesas Disney, como a muchos otros productos infantiles, hay que verlas desde el punto de vista de los niños. Por lo tanto, hay que dar más importancia al simbolismo y a la narrativa inherente que al contexto histórico. En ese sentido, Cenicienta pudo ser, en realidad, una triunfadora. De limpiar escaleras pasó a heredar un trono. Tiana, es cierto, se queda en un éxito más modesto y más tranquilo: abre un bar con su marido. Dados los tiempos que corren para las monarquías, puede que su final sea mucho más feliz que el de Cenicienta y que el de cualquier otra princesa.

Fuente:
http://www.elpais.com/articulo/sociedad/princesas/ponen/trabajar/elpepisoc/20091226elpepisoc_1/Tes

6 abr 2009

La cárcel que llevamos dentro

El patio de mi cárcel, de Belén Macías, ha sido la última película que me ha conmovido hasta las vísceras.
El patio de mi cárcel es una historia de mujeres. Mujeres presas, excluidas.
Es la historia de Isa, una atracadora, ácida y generosa, incapaz de adaptarse a la vida fuera de la cárcel. Y de su grupo de amigas: Dolores, una gitana rubia que ha matado al marido; Rosa, una frágil y tierna prostituta; Ajo, una chica enamorada de Pilar que vivirá su amor hasta el límite de lo soportable; Luisa, una cándida colombiana sorprendida por un entorno que no comprende…
La llegada de Mar, una funcionaria de prisiones que no se adapta a las normas de la institución, supondrá para esas mujeres el inicio de un vuelo hacia la libertad. Con la ayuda de Adela, la directora de la prisión, crearán Módulo 4, el grupo de teatro que las llenará de fuerza para encarar el “mal bajío” con el que llegaron al mundo. "Ha sido un proceso de casi dos años desde el inicio, cuando decidí contar esta historia inspirada en las presas que formaron el grupo de teatro Yeses", cuenta su directora (http://www.elpatiodemicarcel.com/).
Allá por los años ochenta, cuando veíamos películas del Torete y del Vaquilla, donde se retrataba la vida de los delincuentes y su estancia en la cárcel, yo me preguntaba (como suelo preguntarme bastante a menudo) "¿Y donde están las mujeres?". ¿Por qué no aparecían en el cine las mujeres que atracaban, las mujeres que tenían la cárcel como su segundo hogar? ¿Dónde estaban reflejadas sus vivencias? Ha habido que esperar a 2008 para que se haga una película sobre ellas. Belén Macías apostó por un tema un tanto trillado, el de la epidemia de las drogas en los ochenta y sus consecuencias para la juventud, pero ha conseguido una película entrañable, donde sus protagonistas son mujeres de carne y hueso y no estereotipos. Y eso es lo que te gana de la película, que no hay nada forzado, a pesar de l0 difícil que puede ser retratar el ambiente de una cárcel, que se conoce de segunda mano, es difícil meterse en la piel de alguien cuya vida ha sido siempre entrar y salir de prisión, funcionar a ritmo de recuentos y abrir y cerrar de candados, "hacer el amor con tu novia en la misma cama que las demás, hablar con tu familia a gritos", como cuenta Isa, "como si eso fuera lo normal".La película está rodada en la cárcel de Yeserías, aquellas viejas paredes que encierran tantas historias, tantas voces que el tiempo ha callado, tantos fantasmas de mujeres como Isa que se dejaron entre esos muros la juventud, la salud, las ilusiones... la libertad.
Por fin alguien les ha hecho un homenaje a todas esas heroínas del fracaso.
No hay un final de color de rosa, sería incongruente e inapropiado, el final es el real para muchas de aquellas mujeres. Pero en la vida real sí ha habido otras mujeres, como yo, que salieron verdaderamente en libertad, que destruyeron la cárcel que llevaban dentro (la verdadera, la que te destruye) y que, a pesar de su nueva vida, no han podido olvidar todo aquello y se preguntan muchas noches "¿qué habrá sido de las demás?".


17 mar 2009

Dos películas para disfrutar y pensar

Quiero recomendar dos películas que he visto ultimamente y que me han llegado al corazón.
Son dos historias de amor absolutamente distintas. Una es El curioso caso de Benjamin Button, inspirada en un relato de Scott Fitgerald y que nos cuenta una vida vivida al revés, desde la decrepitud de la vejez a la tierna infancia. Sea como fuere, siendo niño anciano Benjamin conoce a su gran amor y hay un momento ideal en que las edades de ambos coinciden para que fructifique su amor y otro momento trágico en que las diferentes trayectorias vitales obligan a una dolorosa separación. Separación que se rompe, al final, en una prueba de amor que va más allá de la relación de pareja y que demuestra la inquebrantable fuerza de la lealtad. Tanto Brad Pitt como Kate Blanchet bordan su respectivos papeles y ninguno prevalece sobre el otro en coraje interpretativo, logrando unos personajes totalmente creíbles en una fábula deliciosamente fantástica, que nada tiene que envidiar al realismo mágico hispanoamericano. Para las que no la hayáis visto os animo a que no os desanime el metraje: son casi tres horas de película, pero se pasan sin sentir...
La otra historia de amor es bastante menos idílica, yo diría que se trata más bien de un amor cruel, tan imposible como el de Button, pero por motivos bien diferentes. The Reader habla de una tortuosa relación entre un adolescente y una mujer en su plenitud, que dura solamente un verano, pocos años antes de la II guerra mundial, en Berlín. Años después ambos se reencuentran, él como estudiante de derecho, ella como acusada de crímenes nazis. The Reader no cuenta solamente una historia personal y anónima, profundiza en el sentimiento de culpa alemán por el holocausto judío (una vez más, como las películas de nuestra guerra civil inciden una y otra vez en el odio cainita) enfocándolo en este caso desde una nueva perspectiva y es la de sentir amor y repulsión al mismo tiempo por una mujer a la que se la considera como un monstruo, vivir esa culpabilidad hasta extremos insospechados y cumplir con el deber moral del agradecimiento, a pesar de la condena colectiva de toda una nación hacia esas pocas cabezas de turco que fueron los nazis condenados a muerte o prisión. La lectura que puede hacerse de esta película es que esas cabezas de turco fueron necesarias para que todo el pueblo alemán se librara de la condena y pudiera seguir adelante con la conciencia colectiva lavada a fuerza de ejemplares juicios a personas concretas, que no eran sino parte pequeña de un sistema social anestesiado por el nazismo. Una vuelta de tuerca más en las supuestas lecciones que debe darnos la historia y que nunca se terminan de aprender. Sin embargo, no es eso lo que me ha conmovido de la película, sintiéndome como me siento más que encallecida en el tema del holocausto (casi tanto como en el de nuestra guerra, todo hay que decirlo), tanta promiscuidad acaba por convertirte si no en insensible sí al menos en poco impresionable. Lo que me ha conmovido es el tipo de relación que se establece entre los protagonistas, que aderezan sus encuentros sexuales con lecturas literarias. Es la literatura la que convierte su relación en algo especial y es ella, con el correr del tiempo, la que los vuelve a unir, más allá del amor y las normativas sociales. La Odisea de Homero y otras obras de la literatura universal son la banda sonora de su atormentada historia, de amor y deuda moral. Kate Winslet, soberbia, y el joven David Kross tan convincente como joven Michael como desvaido resulta Ralph Fiennes interpretándolo de adulto (no me parece una de sus mejores actuaciones). Una película incómoda, para pensar y repensar.

12 mar 2009

Sumisión

Por la película Submission y su acerada crítica al trato del islam hacia las mujeres, Theo Van Gogh fue amenazado de muerte por los fundamentalistas. Van Gogh, que pese a las amenazas de muerte recibidas eludía la protección policial, fue asesinado poco después por un islamista holandés de origen marroquí en plena calle. Van Gogh se dirigía en bicicleta a su trabajo cuando Mohammed Bouyeri, de 26 años y miembro de una organización islamista radical, le disparó, derribándolo de la bicicleta. Bouyeri, que portaba una chilaba larga, lo remató a quemarropa en el suelo con veinte tiros más, lo apuñaló varias veces y finalmente lo degolló. En el cadáver del director, clavada con un cuchillo en el pecho, el asesino dejó una carta de cinco páginas, firmada «en nombre de Alá», que incluía amenazas a los gobiernos occidentales, a los judíos y a los no creyentes en Mahoma. La carta iba dirigida a Ayaan Hirsi Ali y les prometía a ella y a otros dirigentes holandeses (que citaba por sus nombres) un final similar. Bouyeri fue condenado a cadena perpetua y jamás se arrepintió de su crimen, es más, declaró al tribunal que si le liberaran algún día, haría exactamente lo mismo.
A partir de un guión de Ayaan Hirsi Ali, Van Gogh produjo y realizó el cortometraje Submission («Sumisión»), que aborda el tema de la violencia contra las mujeres en las sociedades islámicas. El film se emitió en la televisión holandesa en agosto de 2004 y provocó gran indignación entre los musulmanes, que lo tacharon de «blasfemo». La película muestra a cuatro mujeres maltratadas y semidesnudas cuyos cuerpos han sido caligrafiados con textos denigrantes para la mujer, sacados del Corán.

12 oct 2008

El amor en los tiempos del cólera: amor y cine en estado de gracia




"Piensa en el amor como en un estado de gracia. No como un medio para llegar a nada, sino como un origen y un fin. Como un fin en sí mismo."

Así le describe el significado del amor Florentino Ariza a su amada Fermina, tras cincuenta y tres años, siete meses y seis días de esperar que sea correspondido.
El amor en los tiempos del cólera no es una película romántica, sino una profunda reflexión sobre el amor. Sobre las diferentes clases de amor, esos motores que no siempre funcionan a la perfección en el camino de nuestra vida.
El amor de Florentino, un penélope masculino para quien no existe la palabra imposible y que separa tajantemente la pureza de su amor por Fermina de sus seiscientas veintidós conquistas sexuales. El amor imposible que a fuerza de paciencia se hace real.
El amor entre una madre y su hijo y la entrega del hijo, el amor como la prioridad tierna y rutinaria del sacrificio del cuidado. El amor que no necesita preguntas ni respuestas.
El amor cotidiano de un matrimonio atravesando décadas, hijos, peleas, dudas, reconciliaciones, muerte... hasta converitirse en algo tan corriente como el beber y perder dolorosamente su trascendencia. El amor que se pregunta a sí mismo si es amor.
El amor más allá de la edad, más allá del cuerpo, más allá de las preguntas, que termina fluyendo y desembocando en la inmensidad de la vida, sin que importe la brevedad o la eternidad del baile de las manecillas del tiempo.
La película es también un homenaje al romanticismo de finales del siglo XIX, a su literatura almimbrada de cursilerías y fogosa rimbombancia, a las cartas de amor escritas en cuidadosa caligrafía y dudoso estilo, que conmovían el corazón de recatadas damiselas; a las arriesgadas citas planeadas por el amado en balcones perfumados de noche, con la intimidad prohibida de miradas y apresuradas caricias robadas en los refugios de las iglesias. A la atrevida posibilidad de que un amor así puede ser tan imperecedero como cualquier otro. La historia de un hombre que no se averguenza de su alma romántica, que hace de ella la razón de su vida y que escribe cartas comerciales henchidas de palabras amorosas, pero que no duda en explorar la sexualidad en cuerpos desconocidos, rincones oscuros de la ciudad y escenarios adúlteros.
Es un reencuentro grato y bien logrado con el universo de García Márquez, con la notas justas y comedidas de realismo mágico para envolver la película en un halo de etérea materialidad.
Es también un homenaje a la belleza de Colombia, la Colombia ajena a este presente de narcotráfico y fosas innombradas, la Colombia que se desliza apabullante de verdor por el cauce del Magdalena, viajando chispeante en el vapor blanco llamado Nueva Fidelidad, que despierta siestas con el tañido de las campanas, que pasea riquezas y miserias entre las calles lujuriosas de edificios blancos y palmeras inmutables de la Cartagena decimonónica, la Colombia que llega al corazón del viajero y le conquista para siempre.
La banda sonora, una maravilla de Shakira, sin más comentarios, el acompañamiento perfecto a la danza entre los amantes. El trabajo de los actores impecable, el de Javier Bardem, como siempre, magistral (¿habrá algún papel que no pueda interpretar este hombre?).
Una película para conmoverse una vez más con lo que siempre nos conmueve, el primer beso entre los amantes que ha esperado cincuenta años para nacer y será eterno.