1 feb. 2008

Lesbiana, ¿palabra maldita? (II)




La lesbiana como Sujeto histórico.

Resulta complicado definir un sujeto histórico cuando éste ni siquiera se define correctamente en la lexicografía. Calero advierte que en los diccionarios más utilizados (DRAE, DUE, DEA, CLAVE, DSLE, DIPELE)[1], los términos con los que se designa la homosexualidad y la heterosexualidad, a los homosexuales y a las lesbianas son voces especialmente susceptibles de ser objeto de censura, dada su estrecha relación con el tabú lingüístico (Calero 2002:52). Según la autora, la ideología que subyace en ellos es la óptica del español católico o la perspectiva del varón de buenas costumbres, donde se encuentra lo moralmente sancionado, por lo que lexicógrafos y lexicógrafas tienden a dejarse llevar por sus opiniones acerca de comportamientos distintos a los heterosexuales.

Para Moliner lo que está fuera de la heterosexualidad es una depravación; para los académicos, la homosexualidad es una inclinación, como el afrancesamiento, el catalanismo o el clericalismo, por ende, algo sujeto a la voluntad y a la preferencia, cosa que en absoluto dicen (y piensan) de la heterosexualidad, que parece ser para ellos el único comportamiento natural (Calero 2002:58).

El lesbianismo se lleva, una vez más, la peor parte. En primer lugar, por la asimetría numérica en los vocablos: 47 entradas para el varón homosexual, sólo 4 para la mujer homosexual[2]. Este desequilibrio designativo “es un reflejo del desequilibrio social que existe entre ambos colectivos y, en última instancia, es resultado de la desigualdad entre mujeres y varones en nuestra comunidad hablante” (Calero 2002:81). No deja de recordarnos que “pertenecemos a una cultura androcéntrica, que no deja espacio a las mujeres y ningunea sus experiencias, sensaciones, sentimientos, inclinaciones, etc.” por lo que “el resultado final es no solo que apenas existe verbalmente la sexualidad femenina, sino que el lesbianismo –que no preocupa a una sociedad que vive bajo una mirada heterosexual masculina- está casi ausente del léxico”. En todos los diccionarios que analiza encuentra mecanismos ocultadores, bien sea por utilizar remisiones, bien por la inespecificidad de lo que describen[3].

Más allá de la simple definición del diccionario, está la propia etimología de la palabra lesbianismo y sus más usuales sinónimos cultos como safismo o tribadismo, que nos remiten a la cultura griega y, por lo tanto, a la occidental. De ello que se deriva que los tímidos intentos por historiar las manifestaciones lesbianas se circunscriben a la cultura occidental y una vez más, se cae en la normativización de nuestra cultura y se obvian y marginan otras manifestaciones culturales (Martin 1994:342).[4]

Ahondando un poco más en la legitimidad de la palabra lesbiana, si ésta se define sólo en base a sus preferencias sexuales ¿es la mujer lesbiana entonces merecedora de una investigación histórica seria o merece una atención limitada, como curiosidad sociológica o antropológica, del mismo modo que merecerían esta atención los hábitos sexuales de un grupo de población en determinado período histórico?

Para Cottingham (2000:3) no hay duda de que “el término preferencia sexual impide de forma deliberada una comprensión global de lo que son las lesbianas y el lesbianismo al relegar nuestra historia y nuestros cuerpos al limitado espacio de la relación sexual”. Ya que la relación sexual lesbiana va más allá de un contacto físico, siendo un acto trasgresor de la heterosexualidad impuesta políticamente, ser lesbiana no deja de ser revolución, lo cual nos lleva al planteamiento del lesbianismo como lucha política, una revisión relativamente reciente del concepto de la relación lesbiana como algo más allá de la esfera privada de la sexualidad, llegada desde Estados Unidos y que tiene como punto de partida el histórico artículo de Adrianne Rich de 1980, que “constituye la formulación por excelencia de cierta concepción de la relación entre la sexualidad y la política que postula explícitamente que el lesbianismo es una cuestión de identificación genérico sexual” (Martin 1994:348). El lesbianismo militante de finales del siglo XX es el que lo dota de carga política y de sentido de pertenencia a un grupo que sigue un programa beneficioso para el feminismo.

La lesbiana debe definirse, en mi opinión, no sólo como la mujer que practica relaciones sexuales o mantiene vínculos afectivos eróticos con otras mujeres, sino que además se autodefine como tal y defiende su postura frente a otras definiciones.

Insisto también en que, para la construcción de un sujeto lesbiano hay que revisar la noción de una identidad fija puesto que, según Mary Nash:

[…] existen otras formas de identificación cultural que no reflejan una sola identidad y experiencia vividas, sino la construcción y reconstrucción constante de identidades individuales y colectivas en función de las transformaciones inducidas por el contexto, los cambios, el ejercicio del poder cultural y las agencias subjetivas de las personas (Nash, 100).

Al haber cuestionado desde los estudios de género la noción de una categoría de mujer homogénea, poniendo de relieve la pluralidad de este colectivo y constatando las diferencias de clase, raza, edad, ubicación territorial, formación cultural y preferencia sexual, se allana el camino a la hora de definir el sujeto lesbiano (a la vez que lo complica por lo extremadamente complejo de su diversidad) y permite no caer en presupuestos universalistas acerca de la experiencia de mujeres que aman a otras mujeres[5].

Durante mucho tiempo no fue necesario “decir” a la lesbiana, un tiempo no acorde con la palabra pecado, del que nos quedan vagas referencias e imágenes fragmentadas como las de un mosaico de Gaudí. Con el advenimiento del patriarcado y de la fe monoteísta se empezaron a crear los términos oscuros para designar a las “evas” y “lilits” transgresoras. Luz Sanfeliu nos propone un recorrido histórico “por la autobiografía de la identidad” lesbiana en base a una serie de imágenes. En esta primera imagen

[…] lo primero que encontraríamos sería muchas páginas en blanco, o tal vez, algunos grabados deteriorados y fragmentarios con nombres equívocos al pie. Las denominaciones de hetairas, viragos, pecadoras contra natura, tríbadas, atienden a una terminología múltiple que en el pasado no acababa de concretarse de una forma precisa (Sanfeliu 2007:28).

De esta indefinición, ausente de documentación, nos vamos al XIX, al período donde se concibe el lesbianismo como enfermedad y se medicaliza

Estampa oscura y represiva en este álbum de recuerdos que muestra como una heterosexualidad única y compacta se definió como el patrón de normalidad, natural por naturaleza, en contraposición a una homosexualidad también única y compacta, pero antinatural y reducida a los límites de la desviación (Sanfeliu:30).

Y he aquí que a este ser recién nacido para la ciencia y para el mundo, se decidió llamarle “lesbiana”, alguien oriunda de la isla de Lesbos. ¿Por qué?

El uso de la palabra "lesbiana" para nombrarnos es una clara evasión. Un sofisticado eufemismo. Para nombrarnos, hay que referirse a la isla de Lesbos, que a su vez es una referencia indirecta a la poeta Safo (que, dicen, allá vivía), lo cual, a su vez, es otra referencia indirecta a los fragmentos de su poesía que han sobrevivido a algunos milenios de patriarcado; lo cual, a su vez, (si no se han perdido todavía) es una prevención profiláctica de la mención directa de la clase de criatura que escribió tales poemas o a quién se los dedicó... calculando que una conoce el contenido de dichos poemas, escritos en un dialecto del griego, hace más de 2,500 años, en una pequeña isla, ubicada en el oscuro Mar Egeo. Ésta es una asombrosa proeza de silencio[6].

Con “tribadita” y“safista” tenemos el mismo caso (aunque el Oxford introduce una distorsión en safista “persona adicta a las relaciones antinaturales entre mujeres"). El resto de designaciones, al menos en los diccionarios españoles, son despectivas: tortillera, bollera y marimacho. Pero esto no se debe a que no existan más términos que designan a la lesbiana. Es curioso que la parquedad de términos se halle en los diccionarios que recogen la lengua estándar (es decir, la lengua del poder), mientras que en la lengua coloquial y marginal se pueden encontrar multitud de términos, algo que se debe más bien a la tendencia a ignorar a la lesbiana.

La lesbiana tiene la capacidad de ver a las mujeres, una amenaza para la falocracia. Cuando se demuestra esta sospecha, es rápidamente borrada de la realidad porque sólo los varones tienen la prerrogativa de concebir a la mujer como objeto. Pero la lesbiana no sólo las ve, sino que se identifica con ellas, las siente y las comprende, las ama, son su propio espejo, sujeto a su lado en lugar de objeto, y tal simbiosis es peligrosa para las estructuras jerárquicas del poder masculino.

El principio del Verbo (y al mismo tiempo del silenciamiento) para el lesbianismo occidental es, sin duda, Safo. La poeta griega no tiene únicamente el mérito de iniciar la tradición lesbiana, sino que, más universalmente, es la primera autora que establece el repertorio de los síntomas amorosos en la lírica, con la peculiaridad de hacerlo desde un sujeto femenino a otro. Es la primera vez que se canta el deseo y el cuerpo de la mujer por el puro placer que provoca, sin mencionar sus funciones reproductoras. Los autores líricos posteriores más inmediatos (Cátulo, Horacio, Lucrecia, Plutarco, etc.) se apropian de su modelo y hacen con él una “operación de transformismo literaria” que convierten al yo femenino en un yo masculino (Benegas 2000:85-90). Simultáneamente a esta impostación, empieza un proceso de difamación y descalificación que, según Benegas se ramifica en tres versiones:

- La seductora madura que corrompe jovencitas en lugares cerrados y sólo para mujeres (internados, conventos, prisiones…)

- La musa sin cuerpo, es decir, sin deseo, que deriva del platonismo. La calidad literaria de Safo es tal que no puede pertenecer a una mujer terrena, debe seguir siendo pues, una construcción ficcional.

- La mujer trasgresora que recibe un castigo ejemplar por seguir sus deseos y que además se atreve a consignarlo por escrito, por lo que el único destino posible es la muerte (de ahí el prestigio del suicidio en las escritoras posteriores que consuelan su imposibilidad de erigirse en “clásicos” literarios convirtiéndose a sí en mitos trágicos). Sirve de advertencia para el resto de las mujeres y marcará profundamente la literatura de las escritoras lesbianas hasta la modernidad, las que atreviéndose al fin a asumir y practicar su lesbianismo no pueden sino acabar trágicamente la peripecia de sus heroínas con suicidios, muertes violentas, prisión o, como mínimo,



dramáticas separaciones de la mujer que aman (Benegas 88-89)[7].

La lesbiana fue dicha a través de la Historia siempre en términos negativos, despectivos, insultantes. De enferma mental y depravada a víctima de la falta de compasión de la sociedad. La imagen de la lesbiana del XIX no tiene otra forma para expresar su diferencia que adoptar la estética y el comportamiento masculinos, elección que la separa aún más de lo establecido. Surgen los discursos sobre la sexualidad y sus connotaciones políticas, surgen también los binarismos reduccionistas y excluyentes en los que la lesbiana siempre se encuentra en el lugar más desfavorecido: hombre/mujer, heterosexual/homosexual, homosexual/lesbiana. La lengua es construida por el hombre y su poder está en sus manos.

Pero a principios del siglo XX, la mujer ya ha conquistado parcelas del lenguaje como la escritura y ha nacido un nuevo discurso, el de las mujeres, que facilitará un poco la expresión de la identidad lesbiana. Es la tercera imagen de Luz Sanfeliu:

[…] a finales del siglo XIX, el reconocimiento del lesbianismo como categoría cultural había dotado a las experiencias homoeróticas femeninas de claves sociales de interpretación. Es decir, se había conformado un nuevo modelo de identidad y estaban más o menos establecidos y consensuados los rasgos que caracterizaban el “ser” lesbiana. A partir de este “modelo” algunas lesbianas comenzaron a decir públicamente quiénes eran dando a las vivencias de su sexualidad, supuestamente desviada, unos nuevos contenidos (Sanfeliu 2007:30-31).

No sólo eso, sino que nace por primera vez el intento de creación del discurso lesbiano por las propias lesbianas en el París de la Rive Gauche, donde las intelectuales más destacadas del modernismo aprovechan el experimentalismo del movimiento para explorar nuevas formas de decir su realidad. Los objetivos del discurso de estas autoras han perdurado hasta hoy, aunque en su tiempo no fueran valorados e incluso se criticara y arrinconara su producción literaria (naturalmente por la crítica masculina).

Es el nacimiento del orgullo lésbico, encarnado en la poderosa figura de Natalie Barney, que creó un nuevo Lesbos en la orilla izquierda del Sena.




[1] DRAE: Diccionario de la Real Academia Española, DUE: Diccionario del Uso del Español de María Moliner, DEA: Diccionario del Español Actual, de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, DSLE: Diccionario Salamanca de la Lengua Española, DIPELE: Vox-Diccionario para la Enseñanza de la Lengua Española.

[2] Lesbiana, bollera, marimacho y tortillera, tres de ellos despectivos. Lesbiana, que proviene de Lesbos, la isla donde Safo cantó el amor entre mujeres; tortillera, que procede de la tradición femenina de elaborar las tortillas, más en América Latina que en España; marimacho: despectivo que designa a las lesbianas o mujeres hombrunas; bollera, de boyera, palabra que en masculino designa al zagal que pastorea los bueyes, un oficio reservado a los hombres, por lo que en femenino designa a una zagala que no actúa de acuerdo a las labores propias de su género. Curiosamente, en la zona caribeña, donde no se usa apenas este término, “bollo” significa vulva por su aspecto abultado y goloso (Fernández Rasines 2002:5-7). Más recientemente, Fernández Rasines vuelve a reflexionar sobre el tema en el artículo «Homoerotismo y la búsqueda del reconocimiento» (Simonis 2007:41-51).

[3] El CLAVE y el DSLE omiten que se refiera a relaciones sexuales o amorosas, así que, si acudimos a ellos, “alguien podría interpretar que es lesbiana toda mujer que se sienta fascinada o atraída por alguna cualidad (física, psíquica o moral) que posea otra mujer”(Calero 2002:85). La definición más curiosa e inexacta es la de DIPELE: “Mujer que se siente atraída sexualmente por otras mujeres; mujer que tiene movimientos y actitudes que se consideran propios de los hombres”. Aunque sí recoge la realidad de la relación sexual, equipara lesbiana a mujer varonil u hombruna (machorra o marimacho, como se dice vulgarmente), por lo que descarta de la definición a todas las lesbianas de aspecto andrógino o femenino. “Individualizadas las seis obras lexicográficas revisadas, el DRAE-1992 y el DUE incluyen valoraciones subjetivas e ideas obsoletas sobre la homosexualidad y los homosexuales, y parecen desconocer la existencia de las lesbianas”(Calero 2002:88), de lo cual concluye Calero que la posición de la lesbiana en el léxico español es un ente mal definido y casi invisible. Es mucho más práctico recurrir a los diccionarios específicos de la sexualidad, que, exentos de prejuicios, suelen ser más honestos y mayormente más objetivos y, por supuesto, resulta imprescindible acudir a los especializados (aunque sumamente escasos) en la cultura homosexual, como el ya citado de Mira, si realmente se quiere conocer la realidad de la cultura gay o lésbica; obras, que naturalmente, consulta una minoría y que no son significativos para la educación y la formación de la sociedad en términos de influencia. Aunque no escapan tampoco del empeño universalizador del concepto, como el de Claudio Alarco Von Perfall (1988:329), que categoriza el lesbianismo como una entidad fija, que sienten y viven todas las lesbianas por igual “La lesbiana vive su disposición de una manera menos tensa y conflictiva que el varón homosexual; sus relaciones amorosas son siempre más estables y persistentes” y no puede evitar buscar causas que lo expliquen o justifiquen, como si de una desviación se tratara “odio al padre o al hermano y como consecuencia, a todos los hombres; educación puritana; trauma producido por una violación en la infancia; miedo a tener hijos; rebeldía contra la discriminación de las mujeres en nuestra sociedad, etc.

[4] Ya nos previene de lo que puede suponer el olvido de otras categorías a la hora de definir los textos lesbianos (autobiográficos en su caso) Biddy Martin: […] los escritos de Moraga, Anzaldúa y otras participan en el intento de prestar atención a las complejas intersecciones de raza, género sexual y orientación sexual, intentos que de modo directo e indirecto se oponen a la presuposición de que no hay diferencias en el seno del “yo lesbiano” y de que autoras, sujetos autobiográficos, lectoras y críticas lesbianas pueden ser agrupadas y marginalizadas como idénticas entre ellas e independientes de cuestiones de raza, clase, sexualidad y etnia.

[5] Parafraseando a Nash (2002:99), donde he cambiado la palabra mujer por lesbiana.

[6] Félix Rodríguez ha recogido más de 70 términos relacionados con el lesbianismo que circulan entre los hablantes (Diccionario gay/lésbico, en prensa, Madrid, Gredos).

[7] Obsérvese cómo coincide la visión de Benegas con la mía del estereotipo lesbiano que desarrollo más adelante.

Fragmento del Trabajo de Investigación Yo no soy esa que tú te imaginas. El lesbianismo en la narrativa española del siglo XX a través de sus estereotipos. Angie Simonis, Universidad de Alicante, 2007.

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